EL LECTOR DE CADÁVERES

Espasa. 2011

 

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SINOPSIS

 

En la antigua China, sólo los jueces más sagaces alcanzaban el codiciado título de «lectores de cadáveres», una élite de forenses que, aun a riesgo de su propia vida, tenían el mandato de que ningún crimen quedara impune. Cí Song fue el primero de ellos.

 

Inspirada en un personaje real, El lector de cadáveres narra la extraordinaria historia de un joven de origen humilde cuya pasión y determinación le condujeron desde su cargo como enterrador en los Campos de la Muerte de Lin’an a aventajado discípulo en la prestigiosa Academia Ming. Allí, envidiado por sus pioneros métodos y perseguido por la justicia, despertará la curiosidad del mismísimo emperador, quien le convocará para rastrear los atroces crímenes que, uno tras otro, amenazan con aniquilar a la corte imperial.

 

Un absorbente thriller histórico, extraordinariamente documentado, en el que la ambición y el odio van de la mano con el amor y la muerte en la exótica y fastuosa China medieval.

 

 

PREMIOS Y MENCIONES

 

  • Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza.
  • nº 1  de Ventas en USA traducción al inglés, lista Amazon, todos los géneros, ficción y no ficción.
  • Premio Griffe Noire 2014 a la Mejor Novela Histórica extranjera publicada en Francia
  • Candidato Edgar Allan Poe Awards 2013 al mejor thriller en la categoría Best Paperback Original

 

 

Primer Capítulo El Lector de Cadáveres
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BOOKTRAILER

REVIEWS EE.UU.

 

 

THE JAPAN TIMES: “Each successive chapter climaxes in a precarious cliffhanger from which Song must extricate himself — only to confront an even greater challenge”

 

PUBLISHERS WEEKLY: “Garrido’s impressively detailed descriptions of daily life and Cí’s innovative methods offset his hero’s overlong, overdone tribulations”

 

BOOKLIST:  “Garrido’s narrative veers into outright melodrama with its sudden twists, dramatic reversals, and exaggerated emotions. But the overall originality of the premise, and Garrido’s dogged commitment to historical and scientific detail, makes it easy to forgive such excesses”

 

ARS TECHNICA: “A refreshing break from the urban-noir fetish that is so common in conventional thrillers and crime books. It’s a great novel to add to a summer reading list."

 

BOOK READER`S HEAVEN: "This novel is exceptional in so many different ways... If you are into forensic sciences, this is a must read... History buffs...also a must-read! For those who enjoy a good forensic science suspense thriller, this will easily fulfill your interests. Highly Recommended!”

 

GEEKSMASH: “If you’d like to know more about what life in China was really like during the Song Dynasty, if you find forensics interesting...then you should check out The Corpse Reader.”

 

HORROR TALK: “Antonio Garrido's The Corpse Reader deserves to be called epic. It also deserves a space on the list of great adventure novels right next to Jerzy Kosinki's The Painted Bird and Mark Twain's The Adventures of Huckleberry Finn.

ENTREVISTA.

 

Fue un encuentro casual, como tantos otros. Nada hacía presagiar que la relación duraría cuatro intensos años y acabaría convertida en un libro que pretende romper barreras y prejuicios. El lector de cadáveres (Espasa, 2011) ha supuesto el mayor esfuerzo en documentación y recreación histórica de las últimas décadas, y no solo en nuestro país. El resultado es una novela capaz de trasladarnos a la China medieval. Una máquina del tiempo hecha de papel y tinta.

Antonio Garrido (Linares, 1963) tropezó con el protagonista de su novela, Sòng Cí (Chien-yang, China, 1186), mientras estudiaba los documentos del VIII Congreso indio de medicina forense y toxicología, celebrado en 2007 en Nueva Delhi.

 

P. Disculpe mi curiosidad, pero siendo usted ingeniero ¿qué hacía con la documentación de un congreso forense de la India?
R. Quizá debería aclarar que una profesión como la ingeniería se elige, pero una pasión como la escritura, no. Es ella quien te elige a ti, te invade poco a poco, y finalmente acaba por esclavizarte. Mientras viajas o comes, puede que olvides las matemáticas, pero hagas lo que hagas, no dejas de pensar en tu próxima novela. Por esa razón lees artículos extraños o te interesas por temas que jamás imaginarías. Te vuelves un cazador de ideas, y para ir de caza, hay que estar preparado. Fruto de esa curiosidad permanente, unida a cierto atrevimiento, me inscribí en un foro de medicina legal como una forma sencilla de estar en contacto directo con los que de verdad sabían de muertes y de crímenes. Meses más tarde recibí por email el programa de un Congreso Forense que se celebraba en Nueva Delhi.


P. Y ahí se encontró con Sòng Cí, el protagonista de El lector de cadáveres. ¿Qué fue lo que le llamó la atención de este personaje?
R. Su pasión y su rebeldía. Su afán por cambiar un sistema de investigación criminal obsoleto basado en la superstición y en el espiritismo mediante el uso de métodos científicos pioneros. Pero sobre todo, y pese a los terribles riesgos que corrían cuantos contravenían las normas establecidas, su determinación por hacer prevalecer la justicia, pesara a quien pesara.


P. ¿“Vio” la novela enseguida? ¿Cuándo se dio cuenta que allí se escondía una historia apasionante?
R. Al instante. Fue como un latigazo. Cuando, como en mi caso, manejas decenas de argumentos, al final desarrollas un sentido especial para detectar qué temas “valen” y cuales “no”. Valoras las historias en función del interés que puedan despertar en los lectores, de su originalidad, de lo atractivo del lugar y del periodo histórico, de las posibilidades de acción y de conflicto, de los posibles escenarios, de su profundidad, de la trascendencia que pueda tener lo que cuentes…Pero con El Lector de Cadáveres no fue necesaria esa valoración, porque al instante comprendí que lo tenía todo.


P. En su novela, usted nos presenta a Sòng Cí como el primer forense o criminólogo moderno, pero ¿qué se sabe del personaje real? ¿Quién era el Sòng Cí de carne y hueso?
R. Sòng Cí fue un adelantado. Un visionario capaz de aplicar conocimientos y métodos científicos revolucionarios para resolver crímenes de forma tan sorprendente, que sus enemigos y detractores los calificaron como “diabólicos”. Sus profundos estudios en leyes y medicina le llevaron a pautar la aplicación de reveladores químicos para la detección de heridas ocultas, análisis entomológicos de la fauna cadavérica, procedimientos metódicos protocolizados, dibujos a escala real de los cuerpos encontrados en la escena del crimen, clasificación de etiquetado de pruebas, conservación de miembros y vísceras… Un auténtico arsenal de herramientas que haría palidecer a los médicos europeos de principios del siglo pasado.


P. Del resto de personajes, ¿cuáles son reales y cuáles de ficción?
R. Además del propio Song Cí y su familia, también existieron el emperador Ningzong y sus ministros, así como el profesor Ming. Los demás personajes, ficticios, ayudan a conformar de forma verosímil un paisaje de la sociedad de la época vívido y real.


P. ¿Hasta qué punto debe haber fabulación cuando se narran hechos reales?
R. Por definición una novela histórica es, ante todo, una novela. Y una novela es ficción, pues de lo contrario estaríamos hablando de una biografía o un ensayo. A mi juicio, la clave reside en respetar los hechos históricos que se conocen como ciertos, y fabular de forma plausible con los huecos que quedan en los ladrillos que componen el muro de la historia.


P. ¿Qué era un Lector de Cadáveres? ¿En qué consistía su trabajo?
R. Los Lectores de Cadáveres eran una élite de super-jueces, capaces no solo de investigar pistas y huellas, sino también de desentrañar los secretos ocultos bajo las heridas de los muertos. Sus revolucionarios métodos les proporcionaron el tenebroso título de “Lectores de Cadáveres”, puesto que ejercían tras completar los grados universitarios de médico y de juez. Su trabajo era una mezcla a partes iguales similar a los actuales cargos de inspector de policía, forense, fiscal y juez, con una importante salvedad: si como consecuencia de un fallo en la interpretación de las pruebas forenses, erraban su diagnóstico, podían ser castigados severamente. A veces, incluso con la muerte.


P. Una de las cosas que más sorprenden de El lector de cadáveres es la precisión con la que se describe el trabajo de Cí. ¿Cómo lo ha conseguido?
R. Sòng Cí legó a la posteridad un ingente trabajo de documentación compendiado en el primer tratado forense de la historia: el Hsi Yuan Lu Hsiang i, cinco volúmenes publicados en el año 1247,que a través de sus diferentes traducciones al japonés, coreano, ruso, alemán, holandés, francés e inglés, han perdurado hasta nuestros días. Por medio de mi amigo y escritor Alex Lima, profesor adjunto en el Suffolk County Community College, conseguí un facsímil de estos cinco volúmenes editado por Nathan Smith, del Centro de Estudios Chinos de la Universidad de Michigan. En dicho tratado se describen pormenorizadamente las prácticas forenses de la época. A partir de él, he procurado reflejar con escrupulosa exactitud la forma en la que el protagonista trabajaba, sus innovadores métodos forenses, las dificultades de sus inicios, su atrevimiento, su sagacidad intelectual, su amor por el estudio y su afán por la verdad y la justicia. Todos los procesos, los procedimientos, las leyes, los protocolos, los análisis, los métodos, el instrumental y los materiales descritos en cada uno de los casos narrados se corresponden  fidedignamente con la realidad.


P. Esa minuciosidad, ese cuidado, se nota en todos los detalles: la vivienda, los vehículos, el vestido, la alimentación, el protocolo en el palacio imperial… incluso en las relaciones familiares. Eso supone un ingente trabajo de documentación. ¿Ha contado con ayuda?
R. En efecto, un trabajo de documentación tan abrumador, además de requerir un inmenso trabajo bibliográfico, solo ha podido afrontarse con la colaboración de numerosos profesionales de ámbitos tan distintos como historiadores, médicos, forenses, sinólogos, bibliotecarios o conservadores de museos. Mencionarlos a todos sería imposible, pero a todos ellos les debo mi reconocimiento, no solo por la sabiduría con la que han respondido a mis inquietudes, sino también por el cariño y el esfuerzo que han puesto en cada corrección, en cada consejo y en cada gesto.


P. En la novela, las narraciones de las autopsias resultan detalladas sin llegar a ser desagradables. ¿Cómo consiguió este difícil equilibrio?
R. Con bastantes dificultades, desde luego. Durante el periodo de documentación me preocupé por asistir personalmente a una autopsia en el Instituto de Medicina Legal de Alicante para descubrir, en primera persona, las sensaciones que se perciben cuando un cadáver humano es abierto a menos de treinta centímetros de tus ojos. Quería sentir en mi propia piel las mismas sensaciones que debió percibir Sòng Cí, porque pensaba que esa era la única forma de transmitirlas con fidelidad a los lectores. Pero presenciar una autopsia no es un acto placentero, puedo asegurárselo, así que, pese a hacerlo con rigurosidad, al describirlas en mi novela me cercioré de escamotear aquellos aspectos escabrosos que pudiesen herir la sensibilidad del lector. Algo parecido a lo que sucede con las escenas de sexo, en las que también es difícil encontrar un equilibrio.


P. Ahora que lo menciona, tengo entendido que su madre de setenta y cinco años es la persona que supervisa las escenas de sexo. ¿Qué hay de cierto en ello?
R. Más que supervisarme, me reprende.Verá: todo comenzó cuando mi madre leyó por primera vez el borrador de la novela y me llamó con urgencia, advirtiéndome que no podía publicarla. Cuando le pregunté el motivo, me respondió azorada que se debía a las escenas “subidas de tono” que contenía. Lo cierto es que me sorprendió muchísimo, pues había procurado plasmar ese delicado equilibrio entre la pasión y la sensualidad que a mi juicio requerían, así que cuando le pregunté cuál era la verdadera razón, acabó confesándome que no podía mantener aquellas escenas “tan bien explicadas” porque entonces, todos los que leyeran la novela supondrían que “esas cosas” también las habría hecho yo.


P. Quienes han leído su novela, la definen como un auténtico thriller histórico, un término que sin embargo comienza a ser bastante común. ¿Cree que en ocasiones los autores han abusado de las novelas de crímenes con trasfondo histórico?
R. Sin duda. Si observamos con detenimiento el actual panorama literario, advertiremos que en ocho de cada diez novelas históricas, los asesinatos están a la orden del día. En este tipo de novelas, llamémoslas “de manual”, los crímenes son simples artificios, pretextos incrustados en la historia a arponazos, a fin proporcionarle cierto interés. Sin embargo, en El Lector de Cadáveres, los asesinatos y su resolución son el auténtico leitmotiv de la novela, la esencia de la historia sobre la que se articula toda la trama, y el hilo que permite explicar la extraordinaria figura de Sòng Cí, el primer forense, y el verdadero protagonista de esta historia.


P. En los agradecimientos del libro, menciona a personas e instituciones chinas, especialmente museos, a las que solicitó colaboración. ¿Se sorprendieron de que un escritor español se embarcara en un proyecto tan ambicioso?
R. Creo que más que el hecho de que un escritor extranjero escribiese sobre un tema chino, lo que realmente les sorprendió fue que el tema en concreto sobre el que versaría la novela. Y he de añadir que, tras unos primeros mails de contacto, su colaboración resultó realmente provechosa.


P. El periodo en el que se sitúa la acción, a principios del siglo XIII, nos muestra una China, la de la dinastía Tsong, aparentemente más avanzada que los países europeos de la época. ¿Era así?
R. Tan avanzada, que incluso hoy en día nos sorprendería. El pueblo chino se gobernaba por un sistema meritocrático, en el que cualquier súbdito, por humilde que fuera su origen, podía llegar a ocupar el cargo de ministro. Odiaban la violencia, y el ejército solo entrar en batalla si eran atacados. Existía la libertad de culto, sin que hubiese una religión oficial que se impusiera sobre el resto. Prácticamente no existía el analfabetismo. Las universidades destacaban por su excelencia, los canales navegables sembraban todo el país, y en cuanto a la inventiva, la brújula, el papel, el frigorífico, la imprenta, las cerillas, los barcos insumergibles, los billetes de cambio, el control de plagas, la vacuna contra la viruela, e incluso hasta el fútbol, ya eran de uso común entre los chinos.


P. Por cierto, ¿cómo se manejó con el idioma?
R. Del idioma chino, apenas conozco una decena de términos forenses. Para la documentación y la correspondencia, empleé el inglés.


P. Ya desde las primeras páginas el lector se da cuenta del esfuerzo personal y de las muchas horas de trabajo que hay detrás de la novela. Revisar centenares de documentos, preparar el argumento, escribir varios borradores… ¿qué tal lo llevó la familia?
R. La escritura proporciona grandes satisfacciones, pero también exige grandes privaciones. Son tantas horas de trabajo que pierdes la cuenta. Y es mejor así, porque si al final hicieras balance, quizá no volverías a repetirlo. Afortunadamente, mi mujer Maite, con su apoyo y su ilusión, ha conseguido que los momentos duros solo sean episodios pasajeros, haciéndome creer que el esfuerzo siempre merece la pena.


P. Con sinceridad, ¿tuvo la tentación de tirar la toalla en algún momento?
R. Jamás. Soy una persona que cree en el trabajo duro, que cree que hay historias que merecen la pena ser contadas y que cree en los lectores por los que merece la pena contarlas.


P. ¿Qué cree que aporta su novela al panorama de la novela histórica en España?
R. En mi opinión, un soplo de aire fresco. El Lector de Cadáveres aborda una temática tan inédita como apasionante a través de la historia de un joven estudiante. Una historia cautivadora narrada desde la proximidad, pero contada con todo lujo de detalles. Una aventura épica que nos habla del afán de superación, del amor y de la pasión por la verdad. Una historia que nos conmueve, que nos sorprende y que nos atrapa desde la primera hasta la última página.


P. ¿El auge de la novela histórica en los últimos años será una moda pasajera?
R. No lo creo. El arte de contar historias responde a necesidades humanas inabarcables, como la curiosidad, las ganas de saber, las de aprender y de comprender. A través de las novelas podemos acercarnos de una forma amena  y eficaz a los que nos precedieron, descubrir de dónde venimos, conocer la miseria y la grandeza de la condición humana a través de los tiempos, y con suerte, aprender para convertirnos en mejores personas.


P. Una curiosidad ¿Es cierto que durante sus presentaciones, viaja con un cadáver momificado que puede ser tocado por sus lectores?
R. Bueno. La verdad es que ésta fue una propuesta de la editorial a la que no pude negarme. Los responsables de marketing pretendían evocar en el público las sensaciones que produce la visión de un cadáver, y para ello encargaron en Estados Unidos una réplica a escala real verdaderamente escalofriante. Ellos se encargan de toda la logística: el traslado, los preparativos, el montaje…y he de reconocer que el resultado es bastante espectacular (y en ocasiones divertido) si nos atenemos a la reacción de los lectores.

 

P. Para terminar, una última pregunta. ¿Hasta qué punto es importante que un escritor viaje a los lugares que luego describe en sus novelas?
R. Conocer in situ los lugares en los que transcurren las historias es útil, no cabe duda, pero no tanto como la gente piensa. Al fin y al cabo, lo importante no es que un escritor viva acontecimientos para que los lectores los imaginen. Lo verdaderamente importante es que el escritor los imagine, para que sean los lectores quienes los vivan.

CURIOSIDADES Y ANÉCDOTAS

Los primeros funcionarios


Los emperadores chinos instauraron un sistema de gobierno basado en la meritocracia. Cualquier súbdito, por humilde que fuese su origen, podía alcanzar los puestos más elevados si superaba los dificilísimos exámenes imperiales. Para garantizar la legalidad de los mismos, los aspirantes a funcionarios eran desnudados, cacheados y encerrados en cada una de las 7500 cabinas individuales, en las que permanecían durante los tres días y tres noches que duraban las pruebas. Varios guardianes comprobaban los alimentos que se les proporcionaban, efectuando rondas sorpresivas para comprobar que los aspirantes no trasgredían las reglas. Existían delatores pagados cuya misión era descubrir cualquier intento de fraude.

Inventiva china


Además de ser autores de instrumentos tan útiles como la imprenta de tipos móviles, o tan destructivos como la pólvora, los chinos también pergeñaron aportaciones curiosas, como por ejemplo, la bomba fétida, cuya receta incluía siete kilos de excrementos humanos mezclados con arsénico, acónito y cantáridas. También idearon  el papel higiénico, algo nada de extrañar, ya que fueron los primeros en fabricar el papel de escritura en sustitución de los costosísimos pergaminos.

Entre otros inventos llamativos, encontramos el primer frigorífico, fabricado en bronce compartimentado para que el hielo que se depositaba en su interior conservase incluso los helados, que también inventaron ellos

Igualmente diseñaron el Detector de terremotos. El primer sismógrafo se construyó en China, alrededor del año 130 d.C. Consistía en una vasija de bronce que contenía seis bolas en equilibrio en las bocas de seis dragones situados alrededor de la vasija. Si una o más bolas se precipitaban de la boca de los dragones al interior de las ranas, se sabía que había habido una onda sísmica.

El primer "GPS"


Además de la brújula, 2500 años antes del nacimiento de Cristo, los chinos inventaron un artilugio mecánico que, independientemente del camino que tomase, señalaba siempre hacia el sur. Durante las dinastías Song y Tang, este carro se combinó con otra invención, el odómetro, un aparato para medir los desplazamientos, consistente en una campana que sonaba cada vez que recorría una distancia determinada.

Idearon la identificación mediante huellas dactilares. Conocedores de la singularidad de cada huella, los chinos ya utilizaban en la firma de documentos la impresión de huellas dactilares.

Los chinos empezaron a usar las cerillas en el año 577, mientras que en Occidente se siguió empleando el eslabón y el pedernal hasta 1850.

500 años antes de que se descubriera en Europa, fabricaron la vacuna contra la viruela. En la China del siglo X se utilizaban pequeños tubos para soplar y secar las costras de las pústulas de la viruela, pues habían advertido que así el pus perdía virulencia. Con posterioridad transmitían este pus a las personas sanas mediante pinchazos con agujas.

También diseñaron barcos insumergibles, merced a la compartimentación de los cascos mediante camarotes estancos.

Control biológico de plagas


Para proteger las cosechas de los cítricos, hace 1.700 años los chinos comenzaron a utilizar hormigas amarillas (Oecophylla smaragdina), que protegían las naranjas y las mandarinas. Entre árbol y árbol, tendían varas de bambú y cuerdas que hacían de puente para que estas hormigas “trabajaran” paseándose por todos los árboles. En Occidente, este procedimiento solo tiene un siglo de antigüedad.

Invención del Fútbol.


En la antigua China, al fútbol se le denominaba Cuju. Cu quiere decir patear y ju significa pelota. Durante la dinastía Tsong, el juego del Cuju fue muy popular tanto en la corte como en la calle. Entre los emperadores de las diferentes épocas, Huizong destacó por su interés en practicarlo y en presenciar los partidos. En sus cumpleaños, después de recibir la felicitación de los funcionarios, solía organizar un partido de fútbol entre los equipos profesionales de la corte. Se premiaba a los ganadores, y se castigaba con el látigo a los perdedores, incluso pintándoles las caras de amarillo y blanco para humillarles.

 

El club de fútbol más antiguo apareció en China, en el siglo XIII, durante la dinastía Tsong. Se llamaba “Yuanshe”, y sus miembros disponían de un estatus similar al de los futbolistas de hoy en día. A los jugadores se les permitía ser transferidos a otro club, si bien tenían que cumplimentar diversos formularios con su nombre, el lugar del origen, el nombre de su maestro y la carrera previa que había estudiado, además de superar un examen de aptitud en el que, entre otras cosas, se les pedía que patearan la pelota hacia arriba por lo menos cien veces con cada pie sin que ésta cayera al suelo. La pelota de aire apareció aproximadamente en la dinastía Tang del siglo VIII. Por aquel entonces, la pelota se hacía con dos capas. La capa exterior se confeccionaba con ocho pedazos de cuero, dentro de la cual había una capa interior que solía fabricarse a partir de la vejiga de un animal llena de aire. Durante la dinastía Tsong, gracias a su avanzada tecnología de manufactura, el armazón externo pasó a formarse con doce pedazos de cuero para hacer más redonda la pelota. Pesaba 430 gramos y se asemejaba mucho a la que actualmente se usa en el fútbol moderno.
El 15 de Julio de 2004, Joseph. Blatter, Presidente de la FIFA, declaró oficialmente a China como el país en el que se originó el futbol.

Los primeros billetes


Los chinos fueron los primeros en emitir un papel moneda para sustituir a las engorrosas monedas. La moneda "volante" consistía en certificados de crédito avalados por cantidades de dinero depositadas en casas de grandes comerciantes. El sistema se amplió durante la dinastía Tsong. En un primer momento, el Estado participó en la producción de actas de crédito, pero posteriormente emitió una moneda propia regular de papel. Para disuadir a los estafadores y desaprensivos que pudieran ver en la falsificación de billetes un método fácil con el que enriquecerse, el gobierno decretó pena de muerte para los infractores. A tal fin, se imprimió en el reverso del billete la figura de un falsificador siendo descuartizado por su terrible delito. Los billetes también llevaban dibujado diez cuerdas de cien monedas para que los analfabetos conociesen su valor.

 

El gobierno clasificaba las rentas de sus súbditos como altas, medias y bajas. En caso de penuria, el emperador solía decretar unos días de carencia durante los que estaba prohibido cobrar cualquier tipo de alquiler. la exención de la clase alta era de entre tres y siete días, la de la clase media, de entre cinco y diez y la de la clase baja, entre siete y quince.

 

La capital Lin’an disponía de un cuerpo de un sistema de prevención de incendios perfectamente organizado, con torres de vigilancia dispuestas cada quinientas yardas, perennemente ocupadas por miembros del cuerpo de bomberos, personal entrenado y pertrechado con guadañas, escotillas, cubos, etc. Para señalar la presencia y el lugar exacto del fuego, además de solicitar la ayuda de refuerzos, tenían un código de señales con banderas durante el día y de linternas durante la noche. Dos mil vigilantes se encargaban de la vigilancia, distribuidos en escuadrones en los catorce sectores en el interior de las murallas y ocho en el exterior. Por este motivo, los almacenes y los palacios imperiales eran los únicos edificios que estaban construidos en piedra. El alquiler de espacio de almacenaje seguro se convirtió en un negocio muy rentable para un buen número de familias ricas, incluyendo a la del propio emperador.


Desde los tiempos de Confucio, los chinos dividían la sociedad en cuatro categorías: en la parte superior se situaban los funcionarios imperiales, a continuación aparecían los campesinos, en tercer lugar los artesanos, y en el último, los comerciantes. Mientras que a los campesinos, cuyo trabajo alimentaba a todos los demás, se les tenía en alta estima, la clase gobernante despreciaba a comerciantes y mercaderes, al considerarlos parásitos que apenas contribuían a la riqueza del reino.

Concubinas


Anualmente, y a fin de que el emperador pudiera escoger sus sirvientas y sus concubinas, la corte convocaba La elección de las Bellezas. Desde los confines del imperio se presentaban candidatas de entre trece y dieciséis años, que los eunucos seleccionaban hasta llegar a una cifra de cinco mil. Ya en la corte, las chicas comparecían en grupos de a cien, según la edad. Unas mil eran eliminadas por la desproporción de sus figuras. Al día siguiente, los eunucos hacían una inspección detallada, prestando atención a distintas partes del cuerpo como las orejas, los ojos, la boca, la nariz, el cabello, la piel, la cintura, el cuello y la espalda. Luego las jóvenes deberían hacer una breve presentación de ellas mismas ante todos. Dos mil más quedaban eliminadas por motivos como estar demasiado nerviosas o no tener una buena voz. Al tercer día, los eunucos medían la mano y el pie de las restantes. Después, las muchachas tenían que desfilar para que los eunucos pudieran ver sus movimientos y modo de andar. Otras mil eran descartadas. Las últimas mil se sometían a un estricto examen físico en la corte, que sólo superaban trescientas, quienes comparecerían durante un mes a las pruebas que medirían su conocimiento cultural, inteligencia, carácter y calidad moral. De entre todas, sólo cincuenta podían ser concubinas del emperador. A estas cincuenta jóvenes se les hacían exámenes de literatura, matemática, poesía, pintura y expresión oral. Las tres mejores podían obtener un título de un nivel relativamente alto. Algunas de ellas, merced a sus habilidades amatorias, consiguieron el título de emperatriz.

 

Infidelidad


la primera vez que una mujer sucumbía a la infidelidad se castigaba a su seductor, pues se presumía que éste había abusado de la inocencia de la damisela. La segunda vez se la azotaba a ella, por perseverar en su actitud, a sabiendas de su delito. la tercera vez se encarcelaba al marido, por inepto, pues había deshonrado la venerable institución del matrimonio.

Los castigos


El Lingchi, o la Muerte de los Mil Cortes, era el castigo más horrible contemplado en el código penal. Sin embargo no era el único. Entre los más frecuentes, se encontraban las series de bastonazos propinados con varas de bambú lisas, sin nudos, cuya longitud, grosor y peso estaban perfectamente estipulados y categorizados. El Kia, denominado impropiamente Cangue, consistía en una pieza de madera seca, cuadrada, similar al tablero de una mesa, separable en dos partes y provista de un agujero en su centro por el que se introducía la cabeza del reo. Las Manillas, o esposas, fabricadas en madera seca se empleaban sólo en hombres. Los Grillos eran de metal y apresaban los pies limitando su movimiento.

Infierno


En la cultura china han coexistido de forma pacífica el budismo, el taoísmo y el confucianismo, de forma que cada individuo creía y practicaba una mezcolanza de conceptos religiosos y filosóficos entre los que, como en occidente, también se incluían los conceptos de “cielo” e “infierno”. Sin embargo el infierno chino estaba mejor organizado que el cristiano: en lugar de un solo infierno, existían cinco, con diez tribunales que se encargaban durante seis semanas de enjuiciar con rigurosidad a los condenados y adjudicarles los correspondientes castigos. Así, además del inevitable fuego, en el infierno chino encontramos todo tipo de tormentos: quienes no respetan a los dioses, son serrados por la mitad, los que roban y matan niños son golpeados y conducidos con una cadena al cuello, a los avariciosos se les colocaba el cangue o yugo de madera para que no pudieran comer ni dormir, los que suscitaban enemistades familiares eran roídos por los cerdos y los perros, a los que carecían de piedad filial se les decapitaba, a los funcionarios injustos, así como a las mujeres que habían insultado a sus maridos también se les serraba por la mitad y a los delincuentes y criminales en general se les trituraba en un molino y salían hechos picadillo.

El autor, Antonio Garrido, durante la práctica de una autopsia

CIENCIA FORENSE

 

     Durante la convulsa dinastía Tsong, un joven sin recursos logró convertirse en el primer forense de la historia. Cí Sòng, el primero de una élite de super-jueces, capaces no solo de investigar pistas y huellas, sino también de desentrañar los secretos ocultos bajo las heridas de los muertos. Su increíble tesón y sus revolucionarios métodos le proporcionaron el tenebroso título de “Lector de Cadáveres”, cargo que ejerció tras completar de forma inusitada los grados universitarios de médico y de juez, estudios por entonces incompatibles. A su valioso legado, compuesto por centenares de crímenes resueltos, se unen sus asombrosos tratados científicos que sentaron las bases de la actual doctrina forense.

 

     Métodos modernos como el empleo de reveladores químicos para la obtención de marcas y huellas ocultas, los estudios entomológicos de las faunas cadavéricas, el etiquetado y custodia de los hallazgos, la captura de imágenes a escala real de los cuerpos de las víctimas, la inspección macroscópica de los órganos, o los plazos de la muerte, entre otros, ya fueron utilizados por Sòng Cí en la antigua China del siglo XIII. Cada asesinato o muerte violenta era investigada por dos jueces diferentes, cuyos dictámenes debían ser coincidentes. Si diferían, el juez que erraba era castigado severamente.

 

     En Europa, habríamos de aguardar más de quinientos años para encontrar los primeros tratados occidentales de manos de los cirujanos Fodéré y Johann Peter Franck. A mediados del siglo XIX, es el reusense Pere Mata i Fontanet quien inicia la práctica y la divulgación de la ciencia forense en España a través de su cátedra de medicina legal, situación que propició en 1915 la creación del Cuerpo Nacional de Médicos Forenses, en primer lugar adscritos a los Institutos Anatómicos Forenses, y finalmente, en 1996, a los Institutos de Medicina Legal.
En la actualidad, la medicina legal es la especialidad médica que aplica los conocimientos de la medicina para el auxilio a jueces y tribunales en la administración de justicia.

 

     No puedo concluir esta reseña sin mencionar la inestimable ayuda prestada por D. Juan José Payo Barroso, médico forense y Director del Instituto de Medicina Legal de Alicante, quien no solo respondió con paciencia y sabiduría a todas y cada una de mis preguntas, sino que además, permitió que le acompañara durante la práctica real de una autopsia. Sin su colaboración, aspectos que van más allá de la imaginación no habrían podido ser reflejados con fidelidad en este libro.

Notas del autor

 

Recuerdo perfectamente el día en el que, con un café cargado en una mano y un puñado de folios en la otra, me senté en mi despacho dispuesto a trabajar en mi nueva novela. Por aquel entonces, además de bastante sueño, sólo tenía claras dos premisas: la primera, que el argumento debería emocionar a mis lectores tanto como a mí. La segunda, que mientras no encontrara ese tema, no comenzaría a escribir. Debo confesar que durante meses emborroné decenas de folios. Buscaba una historia vibrante y cautivadora, pero lo único que garabateaba eran tramas cuyos planteamientos sólo eran más de lo mismo. Y no quería eso. Precisaba algo más intenso, más apasionante, más original.

 

Por fortuna, y como casi siempre suele suceder en estos casos, la suerte llamó a mi puerta en enero de 2007, en forma de una invitación para asistir al VIII ICFMT, el Indian Congress of Forensic Medicine and Toxicology, que anualmente se celebra en Nueva Delhi. Obviamente, no soy forense, pero por una insana curiosidad literaria siempre he seguido esa disciplina con extremo interés y, por tal motivo, frecuentaba desde hacía tiempo varios foros sobre medicina legal en los que trabé amistad con algunos de sus miembros. Entre ellos, el doctor Devaraj Mandal, a la sazón ponente del congreso y la persona que me hizo llegar la invitación.

 

Aunque me habría encantado, por cuestiones de diversa índole no pude asistir al congreso, pero el doctor Mandal tuvo la amabilidad de enviarme un extenso dossier con un resumen de las principales ponencias, que en su mayoría versaban sobre toxicología, patología forense, criminología, psiquiatría forense y genética molecular. Sin embargo, la conferencia que atrapó de inmediato mi interés soslayaba los últimos avances en espectrofotómetros o los hallazgos en el campo del análisis de ADN mitocondrial y se centraba en los inicios históricos de la disciplina forense. Más concretamente, profundizaba en la figura de quien mundialmente está considerado como el precursor y padre de ésta. Un hombre del Medievo asiático. El chino Sòng Cí.

 

Fue como un latigazo. Al instante supe que lo tenía y mi corazón se aceleró. Abandoné los proyectos en los que estaba trabajando y me dediqué por completo a una novela que de verdad iba a merecer la pena. La extraordinaria vida del primer forense de la historia. Una epopeya fascinante en la antigua y exótica China.

 

El proceso de documentación resultó sumamente arduo. La biografía de Sòng Cí se limitaba a no más de treinta párrafos extraídos de una docena de libros, que, si bien dejaban una puerta abierta a la ficción, limitaban las posibilidades de una trama estrictamente biográfica. Por suerte, no podía decirse lo mismo de su obra, ya que los cinco volúmenes de su tratado forense, publicado en el año 1247, el Hsi Yuan Lu Hsiang i, a través de sus diferentes traducciones al japonés, coreano, ruso, alemán, holandés, francés e inglés, habían perdurado hasta nuestros días.

 

Por medio de mi amigo y escritor Alex Lima, profesor adjunto en el Suffolk County Community College, conseguí un facsímil de estos cinco volúmenes editado por Nathan Smith, del Centro de Estudios Chinos de la Universidad de Michigan; concretamente, una traducción del profesor Brian McKnight, que incorporaba un valioso prefacio de la edición japonesa de 1854.

 

La obra, escrupulosamente estructurada, dedicaba el primer volumen al listado de leyes que afectaban a los jueces forenses; a los procedimientos burocráticos empleados, incluidos plazos, número de investigaciones que practicar sobre un mismo crimen y sus responsables; a las jurisdicciones; a los protocolos de actuación de los inspectores; a la elaboración de los informes forenses y a los castigos a los que se expondrían los forenses en caso de dictamen equivocado. Asimismo, preconizaba la forma de actuación ante el examen de cualquier cadáver, incluyendo la obligatoriedad de reseñar testimonios gráficos mediante plantillas con dibujos de cuerpos sobre los que deberían marcarse los distintos hallazgos.

 

El segundo volumen detallaba las distintas etapas de corrupción de los cadáveres, sus alteraciones en función de las estaciones del año, el lavado y la preparación previa de los cuerpos, el examen de cuerpos insepultos, la exhumación de cadáveres, el análisis de cuerpos descompuestos, los métodos para hallar evidencias en cadáveres con un grado avanzado de descomposición, la entomología forense, el estudio en caso de asfixia o agotamiento, el caso particular de los cadáveres femeninos y el examen de fetos.

 

El tercer volumen se ocupaba extensamente del examen de los huesos, de su análisis para la extracción de conclusiones mediante el empleo de reveladores químicos, de los rastros de heridas en cadáveres esqueletados, de la discusión sobre puntos vitales, de los suicidios por ahorcamiento, de las simulaciones de suicidios para encubrir asesinatos y de las muertes por inmersión.

 

El cuarto volumen versaba sobre las muertes producidas por golpes mediante puños y piernas, o con el auxilio de instrumentos contundentes, punzantes o cortantes; el estudio de suicidios mediante armas afiladas; los asesinatos por heridas múltiples en los que se hacía preciso detectar la verdadera herida causante de la muerte; los casos de decapitación, incluidos aquéllos en los que el tronco o la cabeza no estuvieran presentes; la muerte por quema­ duras; la muerte por vertidos de líquidos hirvientes; los envenenamientos; los decesos por enfermedades ocultas; la muerte pro­ ducto de tratamientos de acupuntura o moxibustión y el registro de muertes naturales.

 

Por último, el quinto volumen atendía a las investigaciones sobre muertes ocurridas en reos de prisión; las producidas como consecuencia de torturas; las producidas por caídas desde gran­ des alturas; las muertes por aplastamiento, por asfixia, por estampida de caballos o búfalos, por atropellamiento; los fallecimientos por caídas de rayos, por ataques de fieras, por picaduras de insectos y mordedura de serpientes o reptiles; los decesos por intoxicación etílica, por golpes de calor; las muertes por heridas internas a consecuencia de excesos alimentarios; las muertes por excesos sexuales y, finalmente, los procedimientos para la apertura de cadáveres así como los métodos para dispersar el hedor y para restaurar la vida en aquellos casos en los que la muerte fuera sólo aparente.

 

En definitiva, un auténtico arsenal de técnicas, métodos, instrumentales, preparados, protocolos y leyes, a los que habría que añadir los numerosos casos forenses resueltos por el propio Cí Sòng que, incluidos en el mismo tratado, me permitirían construir una historia no sólo apasionante, sino también, y lo que es más importante, absolutamente fiel a la realidad.

 

Tras el sorprendente descubrimiento, extendí el periodo de documentación doce meses más para recopilar información en los ámbitos político, cultural, social, judicial, económico, religioso, militar y sexual, junto a exhaustivas referencias en los campos de la medicina, la educación, la arquitectura, la alimentación, el mobiliario, la vestimenta, los sistemas de medición, la moneda, la organización estatal y la burocracia en la China medieval de la Dinastía Tsong. Una vez organizados y cotejados, descubrí datos tan asombrosos como la convulsa situación en la que se hallaba la Corte del emperador Ningzong ante la constante coacción de los Jin, los pueblos bárbaros del norte que, tras conquistar la China septentrional, amenazaban con completar la invasión; las complejas y estrictas normas de comportamiento en el seno familiar, donde los miembros más jóvenes debían no sólo respeto absoluto, sino también una obediencia incuestionable a sus mayores; la importancia de los ritos como eje y motor de la vida; la omnipresencia del castigo físico, generalmente de una violencia inusitada, como correctivo para cualquier falta por nimia que ésta fuese; el detalladísimo código penal en el que quedaban regulados todos los aspectos de la vida; la ausencia de religiones monoteístas y la coexistencia de filosofías no excluyentes como la budista, la taoísta y la confucianista; la avanzada y equitativa norma que garantizaba el acceso al poder mediante la superación de exámenes trienales abiertos a cualquier aspirante; el generalizado sentimiento antimilitarista o los asombrosos avances científicos y técnicos —la brújula, la imprenta de tipos móviles, los billetes bancarios, el frigorífico, los buques de compartimentos estancos, etc— que eclosionaron durante la Dinastía Tsong.


Por curioso que parezca, la primera dificultad a la que hube de enfrentarme consistió en establecer cuánto de verdad y cuánto de ficción contendría un manuscrito que debía respetar escrupulosamente los datos disponibles.


A menudo he asistido a mesas redondas donde el tema de discusión consistía en definir el “verdadero” concepto de novela histórica, debates en los que siempre acababa dirimiéndose, con mayor o menor vehemencia, el grado, la calidad y la cantidad de “historia” que debía contener una novela —que, por la propia definición de novela, es un relato de ficción—, para considerarse realmente histórica. En numerosas ocasiones, los contertulios finalmente hacían suya la clasificación que en su día nos brindara el semiólogo Umberto Eco, quien en repetidos artículos estableció tres modalidades principales: la novela romántica o de ambientación fantástica, en la que tanto los personajes, los hechos narrados y el trasfondo histórico resultaban absolutamente ficticios, pero cubiertos de una apariencia de veracidad (un ejemplo de esta división serían las novelas del ciclo artúrico de Bernard Cornwell). En segundo lugar, las que Eco plantea como «obras de capa y espada», novelas en las que personajes históricos reales se ven embarcados, merced a la imaginación del autor, en situaciones ficticias que nunca sucedieron (en este apartado encontraríamos a autores como Walter Scott, Alejandro Dumas o León Tolstoi). Y, por último, las que el autor italiano bautiza como «novelas históricas propiamente dichas», que define como aquellas que emplean personajes ficticios que se desenvuelven en una situación históricamente real (y donde, obviamente, encaja su icónica El nombre de la rosa).

 

En voces de muchos, faltarían aquí las biografías noveladas, las falsas memorias y los ensayos más o menos rigurosos.

 

En cualquier caso, mi opinión es que una novela histórica debe ser, antes que nada, una novela. Debemos partir de la base de que la novela es ficción, pues sólo así se comprende la magia y su poder de cautivar. Una vez superado este difícil trámite, la clave debería residir en la rigurosidad y en la honestidad con las que el autor trata los acontecimientos históricos relatados. Porque tan histórico es novelar sobre Cristóbal Colón durante su travesía hacia las Indias, como hacerlo sobre un anónimo esclavo que se dejó la vida levantando una catedral en la edad media. Todo depende de la rigurosidad. En el caso de Colón, el personaje es histórico, pero eso no garantiza que en nuestro relato lo sean sus actos, sus sentimientos o sus pensamientos. En el segundo, el esclavo no existió, pero sí que pudo existir alguien como él, que pensara y actuara como él. Y si nuestro personaje de ficción se comporta como ese esclavo que pudo ser, entonces el episodio resultará tan vívido y real como si realmente viajáramos al pasado y pudiéramos contemplarlo.

 

Obviamente, la obligación del autor es escribir una novela en la que Colón piense, sienta y actúe más allá de lo que la historiografía nos asegura que pensó, sintió y actuó, pues, en caso contrario, en lugar de una novela estaríamos hablando de un ensayo, de una biografía o de un documental. Pero también es responsabilidad del autor que esa ficción sea verosímil y consecuente con lo que sabemos que sucedió en realidad. Igualmente nos equivocaríamos si desdeñásemos la novela histórica que emplea personajes ficticios que se desenvuelven en un mundo histórico real, porque ese mundo y cuantas acciones rodean al personaje también forman parte con mayúsculas de nuestra historia.


En este sentido, cabría señalar que, aunque los grandes acontecimientos son siempre los recordados, son los pequeños y cotidianos los que nos acompañan día a día en nuestras vidas, los que nos hacen felices o desgraciados, los que nos hacen creer y soñar, los que nos impelen a amar, a tomar decisiones y, en ocasiones, a luchar y morir por aquello en lo que creemos. El gran historiador Jacques Le Goff fue el primero en reivindicar la historia de los hechos cotidianos: de las ferias medievales, la de las pobres gentes que malvivían en las aldeas, la de las enfermedades, los castigos y las penas; de la realidad de las vidas de los olvidados, en contraposición con el fulgor y la resonancia de las batallas contadas siempre por los vencedores.

 

A quien le interese profundizar en el tema, le recomendaría encarecidamente la lectura del ensayo Cinco miradas sobre la novela histórica, editado por Evohé y firmado por Carlos García Gual, Antonio Penadés, Javier Negrete, Gisbert Haefs y Pedro Godoy. Sus prestigiosos autores no sólo aportan una aguda visión sobre esta cuestión, sino que además lo hacen de una forma entretenida y pedagógica.

 

En el caso de El lector de cadáveres, el protagonista, Sòng Cí, es un personaje real, casi desconocido por sus actos, pero recordado por su exuberante obra. Por ello, en esta novela he procurado reflejar con escrupulosa exactitud la forma en la que el protagonista trabajaba, sus innovadores métodos forenses, las dificultades de sus inicios, su atrevimiento, su sagacidad intelectual, su amor por el estudio y su afán por la verdad y la justicia. Todos los procesos, los procedimientos, las leyes, los protocolos, los análisis, los métodos, el instrumental y los materiales descritos en cada uno de los casos narrados se corresponden fidedignamente con la realidad. El elenco de actores se completa con la presencia de otros personajes reales, entre los que destacan el emperador Ningzong y su séquito, el Consejero de los Castigos o el viejo profesor Ming. Pero, además, incorporé elementos de ficción que me permitieron recrear, dentro de una atmósfera de verosimilitud, la sociedad, la intriga y el devenir de la época.

Respecto a la rara enfermedad que padece Sòng Cí, científicamente denominada CIPA (Congenital Insensivity to Pain with Anhidrosis), que impide que el afectado perciba el dolor, debo confesar que es una licencia narrativa que introduje en la novela con el fin de incrementar el dramatismo del protagonista. No obstante, tal enfermedad, más que un don maravilloso que ayuda a Sòng Cí a superar determinadas vicisitudes, en realidad se manifiesta en su lado más oscuro y negativo, que modula, curte y daña al protagonista, al hacer que se sienta como un monstruo maldito.

 

Por último, y a modo de cierre, me gustaría plasmar una reflexión personal sobre los géneros literarios. De todos es conocida la innata tendencia del ser humano a clasificar cuanto le rodea, algo lógico en una sociedad en la que a menudo la oferta supera a la demanda y la información es tan amplia que su utilidad queda opacada bajo su propia abundancia. Con los géneros literarios sucede algo parecido: es tanto lo publicado, que los editores precisan saber en qué colección encajará cada título; los libreros, de qué forma clasificarán esos títulos en sus expositores; y los lectores, una orientación que les ayude a escoger conforme a sus gustos.

 

Hasta aquí no existiría mayor problema. Es una forma de organización, y la organización es necesaria. Lo que quizá ya no lo sea tanto, es la típica costumbre humana de etiquetar de forma inamovible cada novela. Etiquetamos géneros «mayores», géneros «menores», géneros «mejores» y géneros «peores» sin que en ningún caso esas etiquetas dependan objetivamente de la calidad individual de cada título. Y cuento todo esto porque, en ocasiones, he podido escuchar, no sin cierta desazón, que la novela histórica está considerada por algunos pocos un género «menor». Siempre que ha ocurrido esto, me he preguntado perplejo si quienes piensan así se referirían a una novela concreta o, en realidad, se habrían dejado llevar por una corriente de opinión. Para ilustrarlo, imaginemos por un momento que un escritor contemporáneo, de inusitado talento, escribiera una trágica historia de amor entre una pareja de jóvenes cuyas familias, los Capuleto y los Montesco, se odiaran. ¿Acaso por estar ambientada en la Venecia del siglo xvi Romeo y Julieta pasaría a clasificarse como una novela histórica y dejaría de ser la más bella historia de amor jamás contada?

 

Sinceramente, creo que en este caso vendría a colación la definición que en su día nos dejó el inefable José Manuel Lara respecto a los géneros: «En realidad, sólo existen dos clases de novelas: las buenas y las malas».